12/13/17

Perfetti Sconosciuti: el imprudente juego con los límites

Eva es psicoanalista y Rocco cirujano plástico y esta noche son anfitriones de una cena de viejos amigos. Los invitados son Lele y Carlotta, Bianca y Cosimo, y Peppe y Lucilla. Este grupo de parejas funciona de la siguiente manera: los hombres son amigos desde chicos y a ellos se han ido sumando sus mujeres. De hecho, una de las primeras intrigas es conocer a Lucilla que recién ha sido anunciada por Peppe luego de haberse separado hace un tiempo de su esposa, pero al final este llega acompañado de una excusa: Lucilla no pudo venir porque tiene fiebre alta. Dando los últimos toques a la cena, la conversación de todos llega a la infidelidad de un conocido consumada con una joven de 22 años y cuando se sientan por fin a degustar y compartir, siguen opinando alrededor del hecho.

El asunto es que lo que detonó la infidelidad que destripan fue un mensaje de texto que la bambina mandó al que engañaba y su exmujer fue la que lo leyó. Si tienes una relación extramatrimonial tienes que estar atento a tu celular, dice Cosimo. Espera un momento… ¿tienes que estar atento al mensaje que llega a tu celular o al hecho de que eres una mierda?, pregunta Carlotta. Eva –ya dije que es psicoanalista- apoya de manera inesperada a Cosimo y añade: ¿Cuántas parejas se destrozarían si uno pudiese ver dentro del celular del otro? Se miran, en silencio, para después afirmar, uno por uno, que sin ningún problema entregarían el suyo a quien tienen al lado en ese momento. Y vuelve Eva a la carga: propone un juego que dure mientras cenan. Que se coloquen los móviles sobre la mesa y que se lean en alta voz los sms que entren y se reciban en altavoz las llamadas y todos lo aprueban, menos su marido, Rocco, pero también entrega el suyo.

Y aquí empieza de verdad Perfetti Sconosciuti, un filme italiano de 2016 dirigido por Paolo Genovese, cuando este juego de leer los sms y escuchar públicamente las llamadas se va desbarrancando y creciendo como un alud que arrasa con todo y que no puede ser detenido sino más bien hay que esperar que se detenga. Lo ingenuo e inofensivo rápidamente se convierte en destructivo y voraz cuando se revelan intimidades de cada uno de los presentes. Solo uno de ellos es inocente y es precisamente el único que se opuso a hacer semejante estupidez –Rocco- y lo explica después en detalle: No me gustaba porque somos frágiles. Todos. Quien más, quien menos. Esta –el móvil- se ha convertido en nuestra caja negra. En ella metemos todo, tal vez demasiado, y es equivocado jugar con eso.

El cartel de la película reza que cada quién tiene tres vidas -una pública, una privada y una secreta- sin embargo hay más que esa tríada comercial y es precisamente el personaje de Rocco el que explica ese algo más. Al entregar su móvil le dice a Eva: Tómalo. Podrás ver alguna teta… algún culo… cosas de trabajo. Es cirujano plástico, recuerden eso. Y además tiene una hija adolescente de 17 años que lo llama en medio de la cena y cumpliendo el acuerdo le habla en altavoz y aunque al final es evidente que respondió extraordinariamente bien al trascendental reclamo es una verdad como una casa que jamás nadie, absolutamente nadie, ni la madre siquiera, debió haber escuchado esa conversación íntima entra un padre y una hija. Como nadie –ni su esposa siquiera- debería ver cómo queda un culo o una teta de una de sus pacientes.

Todos tenemos una vida pública y una privada, nada más. La privada tiene a su vez, diferentes niveles y tener algo que no se cuenta no necesariamente es algo que esta dañando a otro, también hay allí cosas hermosas, muy personales, que solo tienen que saber una esposa, o una hija, o una madre, o un padre, o un amigo, o una amiga… o nadie y del mismo modo que tenemos derecho a guardar esas páginas del íntimo diario, somos el cómplice de la de aquel o ese que no tiene que saberla. Ahora, la mierda que querramos o tengamos que esconder no depende de los medios tecnológicos a nuestra disposición, depende, únicamente de cuán limpio sea nuestro corazón, que ya se sabe no hay ninguno blanco puro ni negro a muerte pero sí infinitas tonalidades de gris entre ellos dos.

De la distancia que hay entre lo que es y lo que no, lo que fue y lo que pudo ser, que es tan corta a veces como ese rato en que la sombra de Tierra pasa sobre la Luna y la oscurece. De lo que se ve y lo que se aparenta, de las caras que siempre están a oscuras… por el motivo que sea. Más o menos de eso va Perfetti Sconosciuti.

Perfetti Sconosciuti – Italia – 2016

Dirección:

Paolo Genovese

Guión:

Paolo Genovese

Filippo Bologna

Paolo Costella

Paola Mammini

Rolando Ravello

Protagonistas:

Kasia Smutniak – Eva

Marco Giallini – Rocco

Anna Foguetta – Carlotta

Valerio Mastandrea – Lele

Alba Rohrwacher – Bianca

Edoardo Leo – Cosimo

Giuseppe Battiston – Peppe

12/6/17

Human: la bestia y la confesión.

“El momento mágico que tuve con mi abuelo fue justo después que mi abuela murió. Fui a verlo, sabía que estaba sufriendo pero no estaba seguro sobre cómo estaría. Fue su compañera durante 65 años, así como su chofer. Le dije: “Abuelo… ¿cómo estás?” Y él dijo: “¿Sabías que por cuatro dólares puedo conseguir un transporte a cualquier lugar de la ciudad?” Dije: “¡Estupendo, abuelo!” Dijo: “Bueno, fui a comprar comida y a la mujer detrás del mostrador le dije: «Tengo esta lista de cosas… ¿me podría ayudar a encontrarlas? Mi esposa ha cambiado recientemente su residencia al cielo.” Y yo le dije: “Abuelo… siempre me ayudas a ver el vaso medio lleno.” Se inclinó hacia atrás, me miró a los ojos y me dijo: “¡Es un vaso muy hermoso!.”

***

Esta es una de las historias contadas en Human, un documental estremecedor dirigido por Yann Arthus – Bertrand y presentado fuera de competencia en la Bienal de Venecia de 2015. Es un material sencillo, directo y pulido. En él personas del mundo entero responden a diferentes temas frente a la cámara vestidos ocasionalmente con su ropa del diario y sin un maquillaje especial para ese momento: se expresan tal y como son en el sentido físico y espiritual. El equipo de realización viajó a más de 60 países y recogió impresiones de más de 2000 entrevistados sobre un mismo cuestionario.

Así vemos entonces todo el arcoiris de la humanidad en cuanto a rostros, vestimenta, peinados y prendas. Recibimos además todo el universo sonoro de cada idioma y todo eso llega desde un encuadre donde predomina el rostro que nos habla directamente delante de un fondo negro concentrándose nuestra atención en la figura. No hay créditos de identificación para nadie porque lo realmente clave aquí es lo que se dice. Se hace una leve excepción formal en el tramo final cuando interviene la única persona que no necesita ser presentada, el expresidente de Uruguay José Pepe Mujica, hecho que justifica con palabras de brillante transparencia.

La empatía que sentimos cuando van pasando los testimonios contrasta con la diversidad que en lo visual y sonoro estamos disfrutando. Las emociones humanas son las mismas en cualquier lugar del mundo y todas las situaciones se nos hacen abruptamente cercanas. La similitud que tenemos se devela enormemente y las diferencias se disuelven cuando se habla de amor, felicidad, muerte, guerra, paz, violencia contra la infancia, familia, machismo, feminismo, patriarcado, homosexualidad, homofobia, pobreza, desigualdad, emigración, la vida y su sentido, entre otros temas. Muchas intervenciones son conmovedoras y lo más significativo: reveladoras. Se barajan entre ellas las de un soldado israelí dislocado en Nablus, un pacifista palestino, una mujer judía que tenía dos años cuando fue a un campo de concentración nazi o un soldado participante en la última invasión de la OTAN en Iraq por poner algunos ejemplos. Otras, venidas de gente “común”, contienen igual alto valor por sí mismas y quién tuvo la fortuna de vivirla tiene ahora la amabilidad de contarla y compartirla. Entre tema y tema hay un cambio brusco e intencional que va de mostrarnos un rostro que nos habla a una vista aérea de algún sitio de nuestro planeta, a veces habitado, a veces exclusivamente natural donde se reproduce la misma emoción a otra escala, cerrando cada capítulo de reflexiones.

Los seres humanos podemos construir o destruir, alegrar o deprimir, matar o salvar, sentir o pasar de largo. Podemos ser egoístas o altruistas, crueles o bondadosos, asesinos o luchadores por la vida. Todo eso al mismo tiempo, todo eso por etapas, lo más puro y lo más oscuro pasando por nosotros según fluye el río de la vida y somos mucho más semejantes en alma y espíritu que diferentes en físico, idioma y costumbres. Solo con escuchar a otros basta para comprobarlo. Más o menos de eso va Human.

Human – Francia – 2015

Dirección:

Yann Arthus-Bertrand

Edición:

Françoise Bernard / Anne-Marie Sangla

Música:

Armand Amar

11/29/17

An – Una Pastelería en Tokio: el bueno, el malo, la bomba y el cine japonés.

El animismo supone, además de otros conceptos, que hay un alma en todos los objetos, ya sean naturales o creados por el hombre. Eso implica que cada cosa debe ser respetada y cuidada –no es lo mismo tirar una piedra que estorba nuestro paso que apartarla del camino- y si se sigue ese precepto se da por descontado el respeto a los demás seres vivos. Si en cada objeto hay un alma entonces también hay una historia que contar y si miramos a nuestro alrededor podemos pensar lo mismo de cualquier simple transeúnte que camina de largo frente a nuestra casa. Tenemos muy claro que nosotros tenemos dentro nuestra propia historia, pero… ¿qué pasa entonces cuando ella se cruza con la de otros, casi sin sentido, y al cabo del tiempo parece ser que lo que dimos espiritualmente o lo que nos dieron explica ese sin sentido casual? Los protagonistas de An –Una pastelería en Tokio- parecen estar respondiendo esa pregunta o al menos preguntándosela a sí mismos.

Sentaro se levanta antes del amanecer y parte a su sencillo puesto donde hace y vende dorayakis, un dulce tradicional japonés relleno con aoki, que no es más que una pasta de judías rojas. Sus clientes son chicas de una escuela cercana y ocasionales vecinos del barrio. El negocio no es sinónimo de prosperidad y bullicio. Aun así, nunca descansa pues los dulces llevan su tiempo y lo hace todo a solas, día tras día, con un aire más de esclavo de su sino que de optimista y satisfecho emprendedor. El exceso de esfuerzo y la rutinaria soledad lo hace colocar un cartel pidiendo un ayudante, aunque no puede pagar mucho. Una voz añeja lo interrumpe cuando está fregando sus calderas:

Dice que se buscan trabajadores ¿Es cierto que no hay límite de edad?

Tokue, una anciana de 76 años, está interesada en el trabajo y su interés responde más a una realización espiritual que a necesidad económica. “Siempre he querido trabajar de esto.” Sentaro muy amablemente la rechaza, a pesar que ella trabajaría por la mitad que él pensaba pagar, y le regala un dulce como disculpa suspendida. “¿Sabes quién sembró ese cerezo?” pregunta la anciana por el árbol que tiene delante y él le responde que no nació en ese barrio, que no lo sabe. El cerezo solo ha traído algún que otro molesto pétalo a sus dulces, no lo ha mirado nunca de ninguna otra manera. Sin embargo ella le habla y lo saluda con alegría y respeto. “Volveré luego”, dice ella, y se va. Todo esto lo ha visto Wakana, una adolescente asidua cliente y amiga del lugar.

“Volveré luego”, dijo. Y volvió e insistió en trabajar y otra vez Sentaro la rechaza. Le dice que si es por sus manos, está dispuesta a trabajar ya no por la mitad, sino por un tercio de lo que ofrece: los dedos de la abuela están tullidos. Él se disculpa, le dice que no es por su discapacidad sino porque sería muy duro para ella. La ancianita le dice que probó su dorayaki, que la tortita que lo envuelve es muy buena pero que el anko de relleno no lo es, que ella lleva 50 años haciéndolo y hay que ponerle mucho sentimiento para tener éxito. Le deja una muestra del que ella hace en una vasijita plástica y se va. Luego, a solas, Sentaro lo prueba y queda sorprendido. El suyo, al lado de ese aroma y sabor, es una mierda.

Decide contratar a Tokue y cuando le anuncia su decisión la ancianita llora emocionada. Le anota nombre y dirección en un papel, hacen los ajustes necesarios y comienzan juntos al otro día, muy temprano. Empiezan antes de que salga el Sol y terminan de preparar el anko sobre las 11 de la mañana. En ese tiempo ella escuchó y le habló a las judías, hospedándolas primero y dándoles tiempo para que conozcan el dulzor después, como acomodándolas al nuevo escenario, igual que una pareja en su primera cita, dice. Al final, cuando prueban la combinación que han hecho, ella con sus pasta y él con sus tortitas, Sentaro confiesa que por fin encuentra un dorayaki que puede comer. Nunca ha comido uno entero, no le gusta el dulce. Tokue no entiende porque renta un lugar así y porque vende dorayakis si no le gustan los dulces. Así transcurre el primer día y al levantar la cortina de su puesto la siguiente jornada, ocurre lo inesperado: hay cola de vecinos del barrio esperando que comience la venta y venden como nunca y las escandalosas colegialas reparan en que Sentaro sonríe. Él, que es un hombre de cara triste, sonríe.

Cuando Tokue hace rato se ha marchado, la noche ha caído y Sentaro da los toques finales a la jornada fregando y ordenando, llega la dueña del puesto, la verdadera dueña del local. Y viene porque ha escuchado rumores y no precisamente de la súbita prosperidad sino de la señora que ha sido empleada que dicen padece la enfermedad de Hansen: los dedos tullidos de Tokue son efectos de la lepra. La confirmación está en que la dirección que dejó es la de un centro de reclusión de enfermos.

La Ley de Cuarentena de Leprosos fue derogada en Japón en 1996, hasta ese año todo los que padecían en menor o mayor grado la lepra eran apartados de la sociedad y se les temía pues en algunos casos perdían pies, manos o nariz y quedaban deformados por lo que el miedo a contagiarse pasaba también por una impresión física. Padecían la exclusión total. Eran separados a lugares donde ellos mismos tenían que hacerse todo pues los sanos no querían atenderlos, entonces estaban obligados a crear un micromundo. Los 50 años que Tokue dijo llevaba haciendo anko habían transcurrido en un lugar así, por eso lloró cuando supo podía trabajar con Sentaro, porque por primera vez en su vida podía hacer algo para los demás, para la misma sociedad que la había segregado y que padecía aún el mismo mal del miedo al diferente. Y ese mal volverá a surgir cuando la dueña del negocio le exige a Sentaro que la despida y él, aunque está en desacuerdo, tiene que hacerlo. Pero le falta valor ante la dedicación y entrega de Tokue y no se atreve pero los vecinos sí se atreven a dejar de comprarle y sin que medie palabra ella se marcha un día para no volver jamás cuando internamente lo ha comprendido todo. “Solo le dije a una persona sobre los dedos de Tokue.” – le confiesa después Wakana a Sentaro. “¿A quién?” “A mi madre.” “La velocidad de los rumores da miedo.” – concluye él.

A esto le sigue un intercambio de cartas entre Tokue y Sentaro donde se confiesan cosas que no se dicen cuando él va a visitarla al lugar que ha sido su casa la vida entera, acompañado de Wakana. Lo escrito supera en confidencialidad el cara a cara y es cuando se revelan completamente las historias de estos dos seres humanos que se han vinculado por muy poco tiempo pero que tanto tienen en común a nivel emocional o para decirlo mejor: a nivel de memoria emocional. A pesar del uso de símbolos recurrentes, como el pájaro enjaulado que queda en libertad, el humanismo que desprende esta película que no acude al Tokio industrializado que parece otro planeta sino a espacios más íntimos que nos son más cotidianos es delicadamente profundo. Se me antoja el símil con esa escena que hemos visto millones de veces repetidas en filmes-basura donde el bueno, agonizando, logra encajarle al malo –o hacerle tragar si es un monstruo- una bomba que hace lo que no hace todo un ejército y al final una inmensa explosión resulta y resuelve. El cine japonés es muchas veces así: sin un gran despliegue logra ponerte a pensar filosóficamente por varios días.

El estar libre o encerrado es un concepto más mental que físico, el ser esclavo también. Que todo lo que sabemos, aún lo más sencillo, sea brindado con humildad y desprendimiento porque eso que nos puede parecer simple puede cambiarle la vida al otro aunque nos parezca imposible pero la historia que ese lleva dentro y no conocemos puede estar necesitando precisa o desesperadamente nuestro gesto. Estemos dispuestos a escuchar, no solo a los demás, sino a los árboles, al viento, al Sol, a la Luna, al agua del río o al oleaje violento o susurrante del mar. Escuchándolos aprendemos, respetamos y amamos. Damos significado, nos damos significado, encontramos y somos encontrados. Más o menos de eso va An –Una pastelería en Tokio-.

An (Una pastelería en Tokio) – Japón – 2015

Dirección y guión:

Naomi Kawase

Protagonistas:

Kirin Kiki – Tokue

Masatoshi Nagase – Sentaro

Kyara Uchida – Wakana

Etsuko Ichihara – Yoshiko

Miyoko Asada – Dueña del puesto de dorayakis

Miki Mizuno – Madre de Wakana