02/9/18

Les Innocentes: las mujeres, el amor, la vida

Es invierno de 1945 y una monja polaca atraviesa una pradera y camina apresurada a través de un bosque de tímidos árboles, llega a los límites de una villa y le pide ayuda médica a unos niños que juegan poniéndoles una condición: ni rusos ni polacos. A cambio de una bagatela la llevan a un hospital francés, pero Mathilde, una asistente que trabaja para la Cruz Roja, le dice que solo atienden pacientes de esa nacionalidad y la insta a salir y buscar ayuda entre los suyos. Al final de la jornada, cansada de remendar las heridas atrasadas de la guerra, se sienta junto a una ventana a fumarse un cigarrillo. La monja que echara fuera horas atrás todavía está allí, arrodillada en la nieve, rezando por ayuda. Entonces, aunque no entiende el polaco y la noche va cayendo, Mathilde roba un camión y va con ella a donde haya que ir.

A través de una rendija entran al convento y va directamente de cara a la urgencia: una mujer que está de parto. Le dicen que su familia la rechazó y ellas la han acogido. Mathilde jura mantener silencio al respecto. Ayuda toda la madrugada al parto de la joven y se marcha con el compromiso de regresar al día siguiente para prevenir con penicilina cualquier complicación. Así lo hace y al salir, como ha demorado haciendo la asistencia, se topa con el grueso del grupo de monjas que sale del atrio. La que le sirve de guía, Sor María, la empuja hacia un rincón para no ser vistas. Desde allí notan como una de ellas se va quedando poco a poco hasta que ya sin fuerzas cae al suelo. Mathilde no puede contenerse, va a por ella y cuando la está auxiliando descubre la verdad escondida: la que acaba de desvanecerse también está en avanzado estado de gestación por lo que deduce que le han mentido respecto a su primera paciente.

Entender lo que ha sucedido le llega a través de la madre superiora, Jadwiga Oleska, que explica además el por qué el saberse público pondría en riesgo la propia existencia de la congregación. A partir de aquí, todo este drama, empieza girar sobre estas tres mujeres. La madre superiora hará cualquier cosa –y de hecho, lo hace- para conservar el secreto y salvar a sus hermanas y a sí misma de la deshonra. Sor María es una especie de intermediaria entre las religiosas embarazadas y la doctora pues sabe francés y traduce mutuamente, pero más allá del lenguaje, traduce para Mathilde los códigos morales del dogma que se atraviesan en su camino de preservar la vida humana como primera prioridad independientemente de las circunstancias. La dualidad Sor María-Mathilde, si bien va en confrontación con los intereses de la madre superiora, tiene a su vez una mezcla interna de principios y otros sentimientos que la hacen muy atrayente cuando estos se demuestran ocasionalmente en rivalidad, confusión y cuestionamiento.

Por instinto tendemos a recelar de lo desconocido y diferente. Al introducirnos en ese otro mundo, que bien puede ser una persona o un grupo de ellas, y empezarlo a entender, la presión se alivia en nuestro fuero interno y empezamos, por primera vez, a observar. Sucede entonces que la cercanía y la empatía pueden invadirnos como una marea alta. Eso le ocurre a Mathilde, que ayudando a otras víctimas de la guerra –porque eso son y no otra cosa las del convento- las empieza a contemplar en su día cotidiana y no descansa hasta encontrar una solución a largo plazo bajo la que quepa todo el deseo de recomenzar.

De las mujeres, de lo femenino, del destino y las determinaciones. De lo imprescindible que es su espíritu para que todo tenga orden y sentido. De la extraordinaria capacidad que emana de ellas para vencer la adversidad y la tragedia y acunar, sostener y levantar la vida. Más o menos de eso va Les Innocentes.

Les Innocentes – 2016 – Francia – Polonia – Bélgica

Dirección:

Anne Fontaine

Guión:

Sabrina B. Karine, Pascal Bonitzer, Anne Fontaine, Vincent Macaigne

Protagónicos:

Lou de Laâge – Mathilde Beaulieu

Agata Kuleska – Jadwiga Oleska

Agata Buzek – Sor María

Vincent Macaine – Samuel

Thomas Coumans – Gaspard

Joanna Kulig – Sor Irena

Katarzyna Dąbrowska – Sor Anna

01/10/18

War Dogs: si te quisieran muerto, lo estarías.

A menos de un mes del atentado al World Trade Center el criminal expresidente George W. Bush ordena la intervención militar en Afganistán para capturar a Osama Bin Laden y desencadena la frustada y frustrante guerra global contra el terrorismo. Luego, en marzo de 2003, se lanza contra Iraq. Por ese tiempo, el joven David Packouz daba masajes en Miami a gente rica y pervertida y estaba harto de lo mismo con lo mismo. Pretende un salto en su vida intentando vender sábanas al por mayor a los asilos de ancianos del sur de La Florida pero comete un grave error de concepto mientras se gasta todos sus ahorros en 65 cajas de piezas para cama: nadie quería gastar en sábanas de alta calidad para cubrir viejitos, las querían baratas y malucheras. Así que sin dinero y con una carga de la que no podía salir fue a dar de cabeza con un viejo amigo, Efraim Diveroli, quien precisamente lo estaba buscando.

Efraim viene de la costa oeste para montar su negocio de venta de armas del otro lado. Había pasado de vender a subasta en internet armas que la policía confiscaba a jugadas más sustanciosas con un solo cliente: el ejército de los Estados Unidos de América. Como la guerra desatada por Bush tenía pinta de negocio por todas partes, esa pinta incluía que el gobierno tenía su propio sitio web donde publicaba licitaciones para compra de sus suministros. Efraim aprendió a dejar pasar los grandes contratos que se disputaban los monstruos del complejo militar industrial y escudriñaba en busca de migajas que aquellos despreciaban, pero aun así, eran migajas de millones de dólares. Luego de escudriñar un sitio que se actualizaba minuto a minuto con decenas de miles de llamadas a licitación, cuando daba con uno conveniente nada lo detenía, no importaba quién le vendiera, él ganaría mucho más por un nuevo precio para el Pentágono. Un acontecimiento personal termina empujando a David a trabajar en el tráfico de armas de asesor más cercano de Efraim y en ese ajetreo cotidiano, es contactado por Henry Girard, un importante traficante europeo que se ofrece a cubrir algunas de sus necesidades de compra.

Al mismo tiempo, les llega un importantísimo contrato para el ejército, uno diez veces mayor que cualquier otro que hubiesen hecho y que se relacionaba con pistolas Beretta para equipar a la policía iraquí en territorio ocupado. Este negocio tan jugoso no resulta tan fácil y para llevarlas a su destino y cobrar casi tres millones de una vez tienen que hacerlo en una arriesgada aventura al terreno en el Medio Oriente. Pero a partir de ahí adquieren fama y empiezan a prosperar como no lo imaginaban, crean su propia empresa y apuestan más fuerte en la competencia y al hacerlo caen con Henry Girard y la posibilidad de cubrir una inaudita necesidad de su gobierno en cartuchos de AK-47 para los afganos. El resto de los acontecimientos se desencadena en una secuencia de traiciones y venganza, mayores y menores, que los llevan al descalabro y David en particular casi llega a la muerte en un mustio edificio derruido en Albania a manos de sicarios locales. El verse cara a cara con un arma apuntándole le hace entender que está demasiado lejos y en una situación que no controla.

En 2005 Nicolas Cage protagonizó la trepidante Lord of War en la que encarna a un traficante de armas en el período de fin de la Guerra Fría y el surgimiento de nuevo conflictos bélicos. War Dogs sería como una continuación de la historia del tráfico mundial de armamentos donde los patrones que lo rigen continúan presentes. Pervive la indiferencia, avaricia, justificación, indolencia y bajeza de los todos los implicados y una similitud se enfatiza en ambos filmes y se expone claramente con todas las letras cuando Efraim le espeta a un dubitativo David las siguientes palabras en un baño de Las Vegas: “El Pentágono quiere 100 millones de cartuchos de AK-47 en medio de un período de escasez… ¿De dónde crees que piensan que va a salir todo eso?!… Este es nuestro trabajo: hacer negocios con gente con la que el gobierno no puede comerciar de manera directa. Es así de sencillo.” Y al principio se nos alertó con que “It is based on a true story”… una historia real y muy real la de las armas, el dinero, la geopolítica y las alimañas. Más o menos de eso va War Dogs.

War Dogs – Estados Unidos – 2016

Dirección:

Todd Phillips

Guión:

Todd Phillips, Stephen Chin, Jason Smilovic

Protagonistas:

Milles Teller – David Packouz

Jonah Hill – Efraim Diveroli

Bradley Cooper – Henry Girard

Ana de Armas – Iz

Kevin Pollak – Ralph Slutzky

Patrick St. Esprit – Captain Phillip Santos

Shaun Toub – Marlboro

JB Blanc – Bashkim

12/13/17

Perfetti Sconosciuti: el imprudente juego con los límites

Eva es psicoanalista y Rocco cirujano plástico y esta noche son anfitriones de una cena de viejos amigos. Los invitados son Lele y Carlotta, Bianca y Cosimo, y Peppe y Lucilla. Este grupo de parejas funciona de la siguiente manera: los hombres son amigos desde chicos y a ellos se han ido sumando sus mujeres. De hecho, una de las primeras intrigas es conocer a Lucilla que recién ha sido anunciada por Peppe luego de haberse separado hace un tiempo de su esposa, pero al final este llega acompañado de una excusa: Lucilla no pudo venir porque tiene fiebre alta. Dando los últimos toques a la cena, la conversación de todos llega a la infidelidad de un conocido consumada con una joven de 22 años y cuando se sientan por fin a degustar y compartir, siguen opinando alrededor del hecho.

El asunto es que lo que detonó la infidelidad que destripan fue un mensaje de texto que la bambina mandó al que engañaba y su exmujer fue la que lo leyó. Si tienes una relación extramatrimonial tienes que estar atento a tu celular, dice Cosimo. Espera un momento… ¿tienes que estar atento al mensaje que llega a tu celular o al hecho de que eres una mierda?, pregunta Carlotta. Eva –ya dije que es psicoanalista- apoya de manera inesperada a Cosimo y añade: ¿Cuántas parejas se destrozarían si uno pudiese ver dentro del celular del otro? Se miran, en silencio, para después afirmar, uno por uno, que sin ningún problema entregarían el suyo a quien tienen al lado en ese momento. Y vuelve Eva a la carga: propone un juego que dure mientras cenan. Que se coloquen los móviles sobre la mesa y que se lean en alta voz los sms que entren y se reciban en altavoz las llamadas y todos lo aprueban, menos su marido, Rocco, pero también entrega el suyo.

Y aquí empieza de verdad Perfetti Sconosciuti, un filme italiano de 2016 dirigido por Paolo Genovese, cuando este juego de leer los sms y escuchar públicamente las llamadas se va desbarrancando y creciendo como un alud que arrasa con todo y que no puede ser detenido sino más bien hay que esperar que se detenga. Lo ingenuo e inofensivo rápidamente se convierte en destructivo y voraz cuando se revelan intimidades de cada uno de los presentes. Solo uno de ellos es inocente y es precisamente el único que se opuso a hacer semejante estupidez –Rocco- y lo explica después en detalle: No me gustaba porque somos frágiles. Todos. Quien más, quien menos. Esta –el móvil- se ha convertido en nuestra caja negra. En ella metemos todo, tal vez demasiado, y es equivocado jugar con eso.

El cartel de la película reza que cada quién tiene tres vidas -una pública, una privada y una secreta- sin embargo hay más que esa tríada comercial y es precisamente el personaje de Rocco el que explica ese algo más. Al entregar su móvil le dice a Eva: Tómalo. Podrás ver alguna teta… algún culo… cosas de trabajo. Es cirujano plástico, recuerden eso. Y además tiene una hija adolescente de 17 años que lo llama en medio de la cena y cumpliendo el acuerdo le habla en altavoz y aunque al final es evidente que respondió extraordinariamente bien al trascendental reclamo es una verdad como una casa que jamás nadie, absolutamente nadie, ni la madre siquiera, debió haber escuchado esa conversación íntima entra un padre y una hija. Como nadie –ni su esposa siquiera- debería ver cómo queda un culo o una teta de una de sus pacientes.

Todos tenemos una vida pública y una privada, nada más. La privada tiene a su vez, diferentes niveles y tener algo que no se cuenta no necesariamente es algo que esta dañando a otro, también hay allí cosas hermosas, muy personales, que solo tienen que saber una esposa, o una hija, o una madre, o un padre, o un amigo, o una amiga… o nadie y del mismo modo que tenemos derecho a guardar esas páginas del íntimo diario, somos el cómplice de la de aquel o ese que no tiene que saberla. Ahora, la mierda que querramos o tengamos que esconder no depende de los medios tecnológicos a nuestra disposición, depende, únicamente de cuán limpio sea nuestro corazón, que ya se sabe no hay ninguno blanco puro ni negro a muerte pero sí infinitas tonalidades de gris entre ellos dos.

De la distancia que hay entre lo que es y lo que no, lo que fue y lo que pudo ser, que es tan corta a veces como ese rato en que la sombra de Tierra pasa sobre la Luna y la oscurece. De lo que se ve y lo que se aparenta, de las caras que siempre están a oscuras… por el motivo que sea. Más o menos de eso va Perfetti Sconosciuti.

Perfetti Sconosciuti – Italia – 2016

Dirección:

Paolo Genovese

Guión:

Paolo Genovese

Filippo Bologna

Paolo Costella

Paola Mammini

Rolando Ravello

Protagonistas:

Kasia Smutniak – Eva

Marco Giallini – Rocco

Anna Foguetta – Carlotta

Valerio Mastandrea – Lele

Alba Rohrwacher – Bianca

Edoardo Leo – Cosimo

Giuseppe Battiston – Peppe